21.12.2009
Mensaje de Navidad y mejores augurios de Buen Año 2010
Queridos hermanos y hermanas, hijos e hijas,
Gracia y Paz en la Fe, en la confianza en el Señor
Misericordioso, que renace en nuestras vidas, con mi
sincero afecto.
¿Qué podríamos decir de más objetivo y vivencial acerca
de la «Natividad», «Nacimiento» o «Navidad», sino que es
el gran «encuentro», el sobrenatural, histórico y
amoroso encuentro, de Dios con la humanidad?.
Estamos concluyendo el Adviento; resuenan en nosotros,
los creyentes, las conmovedoras voces de
la Liturgia
de este maravilloso tiempo litúrgico que nos ha
presentado la Natividad cercana como un itinerario
doble, y único a la vez.
Porque el nuestro es ese Dios infinitamente trascendente
e infinitamente cercano, que nos habló por los profetas,
y que rompió para siempre todo silencio, cuando
prorrumpió en el canto de Amor de la Encarnación.
Respecto de
la Navidad,
puede resultar más fácil o cómodo el tratar de
auto-convencernos de su carácter de fábula o cuentito
para niños… La Navidad… vista por muchos, a lo más, como
una folklórica tradición, festivamente secular. No
escasea esta visión. La Navidad posee, esto sí, una cosa
«de niños». Pero se trata, en verdad, del sentido
evangélico: sólo quien se hace «como niño» (sea niño,
joven, adulto o anciano) podrá ver de verdad al Cristo
naciente, que es el mismo que vendrá en Gloria, para
juzgar a los vivos y a los muertos, y su Reino no tendrá
fin, Reino de Paz y Justicia, Reino de Vida y de Amor.
Sí, Navidad es cosa gozosa y seria; es «encuentro»,
histórico encuentro, decisivo encuentro, que aconteció
de una vez por todas, y que, en
la Iglesia
de Cristo, por obra del Espíritu, se reactualiza
festivamente en su vida y en
la Liturgia,
para que tengamos vida, y para que «lo hagamos vida» (a
ese encuentro) en nuestro cotidiano vivir. En este
vivir la Fe
(el «credere in Deum» de San Agustín) consiste la
santidad de vida práctica, como nos lo ha enseñado
tantas veces el Santo Padre Benedicto XVI.
Nuestro humano camino o itinerario, está ahora lleno de
esperanza, porque descubrimos el sentido del universo,
la realidad de nuestro propio interior y de nuestra
vida, en el Rostro de Cristo, el Hermano de nuestra
propia sangre. Entonces, quien posee el don de la Fe,
que exulte, que cante de alegría; quien no la posee,
halle en esta festividad un motivo de escucha y
reflexión sobre el destino humano. Es bueno, es sabio,
el escuchar, «auscultar» la realidad.
Los tiempos que nos toca vivir son maravillosos y
dramáticos, Ante no poco «des-encuentro», fruto de la
pre-potencia, del ansia de pre-dominio (para nada
ausente, tanto, que todos tendríamos que hacer sobre
esto un buen examen de conciencia), ante tanto injusto
pre-juicio (que amarga corazones), el
«Dios-con-nosotros», el Emmanuel, manifiesta el
predesignio amoroso del Padre. Más que «cuentito» de
temática religiosa, es realidad, tan humilde, tan
simple, tan pura; precisamente por ello tan verdadera.
Amor implica responsabilidad. El misterio de Navidad nos
llama a los creyentes a sentirnos deudores, sí,
deudores, ante quien ya no tiene razones para creer o
para esperar con esperanza. El misterio del
«renacimiento espiritual» ha de hacernos también
reflexionar en que una actitud autorreferencial, a veces
latente (y que conlleva en sí, más bien, un germen de
autismo e incluso de autodemolición –la palabra la
pronunció una vez el Papa Pablo VI-) para nada nos
ayudará en ese itinerario de «salir al encuentro» que
significa
la Navidad.
Más bien, lejos de ese autismo, y también de toda pre-potencia
abramos los ojos del alma para ver el Poder de Dios, que
viene. Él viene, Él salva; vayamos a su encuentro. Con
esta esperanza, ¿podríamos dejar de anunciar?. Con
verdadero respeto por todos, tengamos el coraje de
anunciar que el Padre Eterno nos ha mostrado su Rostro
en Cristo; que se nos pide hoy más que nunca el
ofrecernos como «oblación pura» y sin dobleces para
construir la civilización del Amor. ¿Nos pondremos manos
a la obra?.
Mejores augurios, les deseo, hermanos y hermanas, para
el próximo Año 2010. Nos ampare y proteja la Virgen
Madre de Dios.
En nuestro país comenzaremos la conmemoración de
Bicentenario (1810-1816). Que tengamos Paz, que haya
concordia en la sociedad, que tengamos prosperidad y que
se disipe toda tiniebla de violencia, en cualesquiera de
sus formas. El realismo de la esperanza nos nos
defraudará. ¡Felicidades de corazón!.
Oscar D. Sarlinga
21 de diciembre de 2009
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