Suplencia  

Unos ojos, cimentados en días, ven a Ramiro crecer, desde hace toda su vida.

Ramiro no lo sabe.  Ramiro juega con un tren amarillo, sacrifica un fémur por un gol, besa a su primera novia. Ramiro estudia en la facultad lijándose las pupilas contra la hoja. Lee. Lee aún sin darse cuenta que unos ojos leen sus mismos libros, así como leen sus caricias cardando la piel de Rocío, y los encuentros con Sebas y Carlos, y ese poema cicatrizado en una servilleta que oculta con tanto ahínco, y nunca se atrevió a quemar. Ramiro no sabe que en cada paso calzan otros pasos, que la soledad que tanto sufre como una enfermedad tarda tiene un amante, y se acuesta con él frente a sus ojos. Ramiro no sabe mirarse al espejo sintiendo el peso de una barbilla sobre su hombro. Ramiro solo ve.

Ramiro no sabe que ve dos veces.

Una noche cena con Rocío. El departamento de ella le conviene a ambos, y se pelean dulcemente entre las sábanas que los rozan como nubes textiles. El pequeño cielo privatizado que ambos cimbran en el momento de entramarse uno en el otro, los soporta con el peso de los ángeles. Ellos se mezclan. Dejaron las alas en el ropero para amarse más cómodamente.

El sueño, escuchando enmudecer los pregones, entra en la pieza en puntas de pié y se acuesta entre ellos. Con sus dos dedos de plomo despliega los párpados de Ramiro.

Ramiro ya no ve más que su fondo.

Despierta con los ojos ya abiertos. Ramiro despierta con los ojos ya abiertos como si alguien en la noche los hubiera perpetrado para robarse sus pupilas. Ramiro despierta con los ojos ya abiertos, pero Ramiro despierta mirándose a los ojos. Ramiro se ve estirar la mano a tientas hasta rozar a Rocío que despierta refunfuñando tiernamente. Ramiro se ve.

Entonces se sigue hasta el baño, apoya la barbilla en su propio hombro y llora viéndose sonreír. Y continúa llorando en la oficina, llorando al oírse hacer un chiste a sus amigos, mientras se ve recibirse,  al verse mirando a su primer hijo.

Ramiro llora siempre.

Su único consuelo llega cuando, de vez en cuando, se mira a si mismo hundido en la soledad a la que él conyuga, cuando sus hijos están lejos y su esposa deja de engañarlo con su propio cuerpo, se ve, se ve en cuclillas, aislado, a punto de declinar la represa que reprime el mar en sus ojos ajenos.

Y entonces, recién entonces, Ramiro vuelve a sentir que es Ramiro, que es padre, que alguna vez se quebró jugando al futbol, que una noche lloró un poema sobre una servilleta, que alguna vez fue esos ojos que en este momento está viendo gotear.

 

Y es entonces cuando Ramiro cierra los ojos y llora, dos veces.

Autor: Federico Bianco

 

 

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