“…Con
su talento
enorme…y su
nariz….”
Escribió una vez
Catulo Castillo
refiriéndose a
Enrique Santos
Discépolo.
Un talento
excepcional y
una nariz que lo
emparentan
extraordinariamente
a un inolvidable
personaje del
siglo XVII,
Cyrano de
Bergerac
(1619-1655 y que
el poeta y
dramaturgo
francés Edmund
Rostand, en
1897,
describiera
magníficamente y
para todos los
tiempos en su
obra “Cyrano de
Bergerac”.
Dos talentos
destinados a
perdurar y dos
narices enormes
y feas, que en
la medida que,
uno conoce sus
vidas y sus
personalidades,
descubre sus
obras y se
enriquece con
ellas, van
desapareciendo.
De hecho, Orson
Welles había
imaginado para
un sueño fílmico
irrealizado, un
Cyrano cuya
nariz iría
achicándose
conforme la
película
avanzara,
convirtiendo al
personaje en un
hombre atractivo
y seductor, de
acuerdo a la
belleza de su
personalidad, y
eso es lo que
uno siente
cuando lee la
obra de Rostand
(1868-1918) o
disfruta viendo
la magnifica
interpretación
de Gerard
Depardieu en la
ultima versión
francesa sobre
el torturado
personaje.
Igual sensación
se experimenta
al conocer,
estudiar e
investigar a
Enrique Santos
Discépolo, pues
nos encontramos
con un legado
artístico
realmente
interesante, que
cuenta en su
haber creaciones
inolvidables,
como el
funebrero que
compuso para
“Mateo” en su
debut
cinematográfico,
en 1936, junto
al gran actor
Luis Arata.
Como director
podemos
apreciarlo en
“Cuatro
Corazones”, “Un
Señor Mucamo”,
“Caprichosa y
Millonaria”,”Fantasmas
en Buenos
Aires”,”En la
luz de una
estrella” y
“Cándida, la
mujer del año”.
De un extremo a
otro de su
trayectoria como
realizador y
actor
cinematográfico
habrían de
transcurrir casi
veinte años en
los también creó
tangos
inolvidables,
como por
ejemplo:
Tormenta.
Martirio,
Infamia, Canción
desesperada, Sin
palabras,
Cafetín de
Buenos Aires.
En 1947 escribió
la letra para un
clásico de la
música ciudadana
“El choclo”.
Discépolo, que
no acostumbraba
hacer
comentarios
sobre sus
tangos,
solamente una
vez,
refiriéndose a
“Yira Yira”
dijo: “esto es
todo lo que me
paso en la
vida…”.
Lo detallado es
apenas un
fragmento de la
vida de este
creador, fue
autor, actor,
director
teatral,
argumentista,
dramaturgo,
director
cinematográfico,
comentarista y
dueño de un
humor irónico y
triste, que
volcó en cada
uno de sus
tangos.
En 1926, estreno
el primero de
ellos, titulado
“Que va cha
che”, luego
llegarían,
Chorra, Esta
noche me
emborracho,
Justo el 31,
Malevaje, Soy un
arlequín,
Victoria, Que
sapa señor..? y
muchos más.
El humor acido y
desesperanzado
del autor de
Cambalache, fue
descripto por el
poeta Raúl
González Tuñón
“…Como una
carcajada dentro
de un ataúd…”
Enrique Santos,
como Cyrano,
amó, y cuando lo
hizo, no se
contradijo con
su temperamento,
fue apasionado,
sanguíneo y
febril, tal cual
lo vimos en la
película “El
hincha” en un
protagónico
absoluto, que
fue su despedida
del cine.
Cuando abrazo
una idea
política, lo
hizo también
“mas con el
corazón que con
la cabeza”,
según Tania, la
mujer de su
vida, y creó a
Mordisquito, un
personaje radial
que se exaltaba
ante el
micrófono
arengando al
pueblo, fanático
y casi
descontrolado,
pero sincero y
convencido
íntimamente de
verdad,
vislumbrando una
oportunidad para
aquellos que
como el “…habían
rajao los
tamangos
buscando ese
mango que lo
haga morfar..”.
Eran tiempos de
intolerancia y
aquel grito de
Mordisquito le
significó
adhesiones, pero
también odios y
antipatías.
Es en este
punto, donde el
paralelo Cyrano-Discepolín,
hace una
inflexión
favorable a
nuestro Quijote,
porque mientras
el héroe francés
ponía hermosa
frases en boca
de terceros,
ocultando sus
verdaderos
sentimientos,
Discepolín daba
la cara y
opinaba
abiertamente,
sin temor.
Esa valentía le
costó, de alguna
manera la vida,
porque el noble
y sensible
corazón de
Discépolo, se
desgarró cuando
viejos y
queridos amigos,
le dieron vuelta
la cara,
negándole el
saludo,
despreciándolo.
Ahí, el Nato
conoció, una
soledad tan
profunda y
dolorosa, que lo
entrelaza en el
tiempo con un
gigante de
nuestras letras,
Pedro Bonifacio
Palacios
(1854-1917) “Almafuerte”,
el poeta que,
nacido en San
Justo, conoció
el exilio dentro
de su propio
país, cuando por
sus opiniones y
rebeldía fue
enviado a una
lejana escuelita
rural,
alejándolo de la
sociedad y las
grandes
decisiones.
Soledades y
angustias
similares a las
que seguramente
sintió, el
medico,
periodista y
escritor
italiano Carlo
Levi, cuando en
pleno fascismo
italiano, por
sus ideas, se
vio confinado en
Eboli, ese
pueblito donde
Cristo se
detuvo, según el
excelente film
de Francesco
Rossi,
protagonizado
por Gian Maria
Volonté.
Paralelos,
coincidencias,
similitudes
increíbles,
dolores,
angustias,
rabias,
injusticias y
talentos
destinados a la
inmortalidad.
Como la regla
indica que las
paralelas se
unen al final,
en un punto
infinito, aunque Discépolo
conocía
perfectamente
aquello de…”No
te des por
vencido, ni aún
vencido”
de Almafuerte,
igual que Cyrano
de Bergerac, no
pudo soportar la
ultima tristeza
y como uno de
esos personajes
de tango,”
languideció
lentamente y se
entrego sin
luchar…”.
“…Pibe…Pibe…”
repetía con su
voz afónica
Aníbal Pichuco
Troilo mientras
levantaba en sus
brazos el cuerpo
ya sin vida de Discepolín,
quien un rato
antes había
murmurado
“...Tengo
frío...”.
Era Diciembre de
1951.
Días después, en
alguna ropa
suya, Tania
encontró unos
versos que
Enrique le había
dedicado; en un
papel arrugado
podía leerse
aquello de:
“… Y yo chiquito
y desnudo, lo
mismo te ayudo
cerquita de
Dios...”
Era ese el poema
póstumo de
Cyrano de Buenos
Aires