La Casa del Niño María de la Esperanza
“No entendemos que
es el compromiso de todos”
Escobar
News visitó el
hogar de día que alberga a 50 chicos que se encuentran
en una situación de necesidad extrema y dialogó con
quienes todos los días ponen su empeño en mostrar un
mundo mejor a estas almas.
Silvia Landriel, mucho antes de ser directora de la
escuela N° 4, venía con esa necesidad de ayudar a los
más necesitados, y fue en aquella escuela donde tomó la
decisión de hacer las cosas que el Estado no estaba
haciendo, y con audacia, fue más allá de los límites que
su cargo directivo le ponía y comenzó a ayudar a los
chicos que no tienen voz, sin medir las consecuencias
que le trajo aquella decisión.
En
ese preciso momento la vida de Silvia cambió
radicalmente y la de los cincuenta chicos que a diario
van a la Casita (como ellos mismo le dicen) tratan de
encontrar un mejor destino.
“La casita es un lugar alternativo, un espacio donde
ellos pueden ver que existe otra forma de vida, es donde
encuentran otra oportunidad, aquellos chicos que no
tienen voz, son aquellos niños que esta sociedad ha
hecho invisibles, pero que están en la entrada de los
supermercados en la noche vendiendo una estampita”
describe Silvia inundada de emoción y agregó “los chicos
que vienen a la Casita cargan con una mochila muy
pesada, una problemática que a veces la comunidad
prefiere darle la espalda y no entendemos que es el
compromiso de todos, estos niños son responsabilidad de
todos, en especial del Estado que debería fijar
políticas preventivas y de contención en el segmento de
edades entre 1 a 14 años, seguramente que existieran, no
estaríamos en este momento hablando de cárceles para
chicos de 11 años de edad, como en algún momento leí”.
Frente a esta situación Silvia, junto a un inmenso equipo
de colaboradores brindan la contención de estos niños y
adolescentes que se identificaron con el proyecto y ha
hecho de la Casita su lugar de referencia “lo bueno es
que últimamente, si a los chicos les pasa algo recurren
a la Casita, en vez de andar dando vueltas por la calle
como hacían antes” reconoce Alma Cuevas, hija de Silvia
y colaboradora de la casita.
Lógicamente que iniciar este emprendimiento no fue
gratuito para Silvia, tuvo que enfrentar muchas luchas a
nivel laboral (perdió todos sus trabajos en la docencia)
y hasta a nivel familiar, donde tuvo que lidiar con
fuertes crisis; sin embargo, ello no impidió que junto a
una amiga comenzara este sueño que hoy es realidad: La
Casita.
El
proyecto que se concretó en 20 de abril de 2007,
transitó por diversos vericuetos, hasta que después de
esos largos años lograron tener su espacio propio, un
espacio donde el alquiler del inmueble y los servicios
de luz y gas son solventados por la Municipalidad.
La
casita, más allá de recibir la ayuda especialmente del
voluntariado, está librada a la providencia, esa, que se
hace presente justo en el momento en que más lo
necesitan. Dicen que en la Casita los milagros ocurren y
es una manera de contagiar esa esperanza a los chicos
que hoy no ven más allá del día a día. “Lo que pasa acá
es increíble, nunca podes entender que las cosas, que
parecen imposibles, pasen acá” trata de explicar
Gabriela Labertucci, preceptora de la Institución, y
hace un especial reconocimiento “la gente nos ayuda
mucho, con rifas, con donación de ropa o alimentos”.
De
la charla participó también Verónica Ayala, quien ante
la pregunta ¿la casita es el lugar de los milagros?
inmediatamente después de responder con un efusivo sí!
Profundizó “acá rezamos, creemos en la Virgen y ella nos
ayuda también”.
En
la Casita, estas cincuenta almas tratan de armar la
familia, que tal vez, en su casa no tienen, y es así
como van adoptando a las personas que allí trabajan como
miembros de esa imaginaria familia, tía, tío o abuela es
el modo en que mucho de los niños llaman a Alma,
Antonia, María, Silvia, Gabriela, Hilda o Verónica.
Todos quienes trabajan para los chicos de la casita
reconocen que no es fácil el trato con ellos, que en
muchas ocasiones responden con violencia (el lenguaje
que aprendieron en sus hogares) al afecto que pueden
entregar las personas que se acerquen.
De
hecho, hasta muchos profesionales de la salud mental se
vieron desbordados por la problemática que muchos chicos
presentan y desistieron de seguir ayudando.
Pero los que logran entender el por qué de las
“descargas” de los chicos pueden llegar a establecer un
vínculo incondicional con los niños y descubrir en esos
ojos el abrazo que ellos necesitan.
Así lo logró, de manera silenciosamente, María, una
mujer que está en todo lo que hace a la limpieza, que
hasta lava la ropa de los niños a mano, por que en la
Casita no hay un lavarropas, pero María también baña a
los chicos, y en ese acto se entremezclan miradas de
afecto y agradecimiento.
Antonia, es quien se encarga de que el horno siempre
esté caliente, mientras que el pan que todos los días
los chicos se llevan a sus casas, se van cocinando, y,
mientras que ello ocurre, aprovecha el tiempo haciéndole
el repulgue a las empanadas que los chicos comen como
parte del almuerzo (tal vez su única comida de verdad
que llevan a la panza en todo el día, por que en su casa
no tienen con que llenar sus estómagos)
También, los chicos incorporan hábitos de higiene y van,
poco a poco, reconociendo los límites que se le pone,
pero además tienen el apoyo escolar necesario como para
que ellos vuelvan a la escuela con la tarea hecha.
En
la casita la lucha diaria es conseguir que estos niños
puedan vislumbrar un proyecto de vida, creando una
confianza en sí mismo y creciendo espiritualmente desde
una perspectiva cristiana, pero cabe destacar que
quienes trabajan en la Casita, hace de esto un estilo de
vida, lejos del asistencialismo que muchos podrían
entender erróneamente, ya que en la Casita se trabaja
para prevenir la exclusión y promover la inclusión
social de los sectores más desfavorecidos de la
población a través de emprendimientos participativos,
con el máximo deseo de dar respuesta preventiva, a la
triste realidad de los niños de nuestra comunidad, para
que tengan la oportunidad de vivir sanamente,
ayudándolos a crecer, acompañando a las familias,
logrando así alejarlos de los peligros de la calle
(droga, alcoholismo, prostitución, delincuencia,
desarraigo).
Un
párrafo aparte merece la cooperación que La Casa del
Niño María de la Esperanza recibe de distintas
entidades, localmente es asistida, entre otras, por la
Mesa Redonda Panamericana, pero la Casita es elegida por
decenas de voluntarios provenientes de Estados Unidos y
en especial de Gran Bretaña a través de la Fundación I-To-I.
Estos jóvenes que en su inmensa mayoría no hablan una
sola palabra en español, establecen una relación directa
de corazón a corazón con los niños, lo que deja en claro
lo que los niños precisan: cariño.
Escobar News
dialogó con Lucy, una joven inglesa que se quedará
ayudando en la casita hasta el mes de noviembre, y al
preguntarle como consideraba su experiencia en la casita
lo sintetizó con una sola palabra: amazing (asombroso) y
con una cálida sonrisa explicó ella trabajó durante
varios años ahorrando el dinero necesario para poder
viajar hasta acá y poder ayudar.
Seguramente el rostro de Lucy en algún momento estará
dibujado en uno de los muros de la casita que funciona
como una especie de libro de visitas, donde muchos de
los jóvenes extranjeros que pasaron por la casita,
quedaron retratados en esa pared como claro
reconocimiento de los chicos a quines hicieron miles de
kilómetros y dejaron algo más que su huella en estos
niños.
Para concluir Silvia se esperanza diciendo “si
de estos cincuenta niños podemos recuperar tan solo uno,
nos daremos por satisfechos”.
Todos aquellos que de algún modo quieran ayudar a esta
obra pueden dirigirse personalmente hasta la casita
ubicada en la calle Libertad 108 de Belén de Escobar, o
llamando a los teléfonos 03488-421248 o 03488-15-596125
y si lo prefieren por mail al correo electrónico
landriels@hotmail.com
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