A los 83 años, falleció
Mons. Alfredo Esposito Castro
El
pasado viernes 1ro. de enero, tras una larga enfermedad,
falleció a las 20.30, Mons. Alfredo Esposito Castro,
primer Obispo de la diócesis de Zárate-Campana.
Sus restos fueron trasladados desde la Clínica "San
Camilo" (Buenos Aires) a la ciudad de Campana, donde el
sábado a partir de las 11 hs. se abrió la capilla
ardiente, en el templo catedral, y el mismo sábado a las
17 se celebró (en la iglesia catedral de Santa
Florentina) la misa exequial, presidida por Mons. Oscar
D. Sarlinga, Obispo de Zárate-Campana.
HOMILÍA DE MONS. OSCAR D. SARLINGA
EN LA MISA EXEQUIAL DE MONS. ALFREDO ESPOSITO CASTRO,
CMF
Sábado 2 de enero de 2009
En la misa exequial se hizo presente Mons. Robert Murphy,
Secretario de
la Nunciatura,
quien, luego del saludo inicial de la Liturgia, dio
lectura a la carta de saludo y condolencia dirigida a
Mons. Sarlinga por parte del Eminentísimo Sr. Cardenal
Secretario de Estado del Vaticano, Tarcisio Bertone en
nombre del Papa Benedicto XVI, y el mensaje del Sr.
Nuncio Apostólico, S.E. Mons. Adriano Bernardini.
(Luego de nombrar a los miembros del clero, entre ellos
el Obispo de San Justo, Mons. Martini, su Obispo
auxiliar, Mons. Bitar, las autoridades presentes, entre
las cuales
la Sra.
Intendente
Municipal, Doña Stella Maris Giroldi, y de saludar a los
feligreses, Mons. Oscar Sarlinga pronunció la siguiente
homilía)
Estamos hoy congregados para despedir, en la fe, a
nuestro hermano Obispo, Mons. Alfredo Mario Esposito,
quien, aunque nacido en Nápoles, el 20 de mayo de 1927,
era de nacionalidad argentina puesto que su padre su
padre se desempeñaba como cónsul argentino en aquella
ciudad de Italia, y allí vivía la familia. Fue ordenado
sacerdote en la Congregación de los Misioneros Hijos del
Corazón Inmaculado de María (los Padres Claretianos) el
1 de agosto de 1954; elegido obispo de Zárate-Campana el
21 de abril de 1976 por S.S. Pablo VI, el Papa que creó
esta diócesis. Su ordenación episcopal la recibió por
imposición de manos y oración consecratoria de S.E.
Mons. Pío Laghi, entonces Nuncio Apostólico, y tomó ese
mismo día posesión de su cargo pastoral, el 4 de julio
de 1976.
Hoy lo despedimos, habiendo partido a la Casa del Padre
el día 1ro. de enero, en la festividad de la Virgen
Madre de Dios, en pleno Año Sacerdotal, convocado por
S.S. Benedicto XVI.
Todos recordamos la hombría de bien y la piedad de Mons.
Esposito. Podemos decir de él, como en una síntesis
espiritual, que la experiencia del Espíritu y de María
Santísima han sido el centro de su vida. En efecto, el
seguimiento de Cristo era, en su espiritualidad, una
experiencia de vida que sólo es posible por la acción
del Espíritu, Espíritu del Padre y del Hijo, Espíritu
también de nuestra Madre
la Virgen,
en tanto Esposa del Espíritu Santo. Ese Espíritu que es
como el gran Centro integrador de todas las dimensiones
de nuestra vida y nuestra misión, el gran Protagonista
de la misión, como lo llama la recordada Evangelii
Nuntiandi, y el principal agente de la dimensión
misionera de toda la pastoral. Así lo experimentó el
fundador de
la Congregación
a la cual perteneció, el Obispo San Antonio María Claret,
y nuestro hermano Alfredo Mario lo siguió, pues se
sintió ungido por el Espíritu para anunciar
la Buena Nueva
a todos los hombres, y en especial a aquéllos que le
habían sido encomendados.
Monseñor Alfredo Mario, en síntesis todavía más justa,
fue forjado en la fragua del Corazón de María. Esto es
esencial para comprender su personalidad, su vocación,
el desempeño de su misión como Obispo.
Nuestro hermano Obispo no nos ha dejado, como
loablemente lo hacen otros prelados, un «testamento
espiritual». En realidad, lo ha sido todo su testimonio,
en especial su sufrimiento en Cruz, aceptado con Amor.
He tomado, por ello, dos ejes –permítaseme llamarlos
así- a la manera de un testamento espiritual.
El primero de esos ejes lo tomé de su Homilía el día de
su ordenación episcopal, en 1976, en el nacimiento de la
diócesis de Zárate-Campana, y expresa su «pasión por la
Iglesia» y por la unidad y la concordia en Ella. Nos
decía: “Sí, Jesús vive entre nosotros de una manera
especial desde ahora. Él dijo a los Apóstoles: “Cuando
dos o tres de ustedes están unidos en mi Nombre, allí
estoy yo” (Mt 18,20). Pues bien, estamos de un modo
especial en la caridad, desde este día, “en el Nombre
del Señor”. No ciertamente por meros motivos humanos,
por laudables que sean. Menos aún, por intereses
mezquinos. Pobres o ricos, grandes y chicos, enfermos y
sanos, con responsabilidades de gobierno o simples
ciudadanos, con todo lo que somos… estamos unidos, desde
ahora y para el tiempo que vendrá, en una realidad que
llamamos una Iglesia local, que no es otra cosa que el
misterio grande de
la Iglesia Universal,
que se hace carne y se concreta, por decirlo así, en una
modalidad y forma local”[1].
Todos quienes han conocido bien a Mons. Esposito saben
cómo él amaba profundamente la diócesis. Incluso ya
estando enfermo, y emérito, vino en la recurrencia del 4
de julio (considerada «moralmente» la fecha de fundación
de esta circunscripción eclesiástica) desde 1994 hasta
1999, ya al final enclavado en silla de ruedas.
Tanto amó a esta diócesis que, cuando cumplió sus bodas
de oro sacerdotales en 2004, imposibilitado por completo
de desplazarse, lo acompañaron los sacerdotes de la
diócesis que él había ordenado, y también otros, junto
con amigos, feligreses, en una eucaristía que presidió
el Cardenal Jorge Mario Bergoglio, en la capilla de
la Clínica
de San Camilo, en Buenos Aires.
El otro «eje» de su testamento espiritual no escrito lo
he tomado del, sí escrito, «Testamento espiritual» del
Papa Pablo VI, en sus consideraciones sobre
la Iglesia,
su profundo sentido de pertenencia a Ella: “La paz del
Señor sea con nosotros (…) siento que
la Iglesia
me rodea: oh, Iglesia santa, una y católica y
apostólica, recibe mi supremo acto de amor con mi
bendición y saludo”(n.1)[2]
En su despedida de este mundo, nos decía ese gran Papa:
“Y respecto a lo que más importa, despidiéndome de la
escena de este mundo y yendo al encuentro del juicio y
de la misericordia de Dios: debería decir tantas cosas,
muchas. Sobre la situación de la Iglesia; que escuche
las palabras que le hemos dedicado con tanto afán y
amor” (n.6)[3].
Escuchar las palabras de enseñanza, dichas con dulzura,
con Amor, con ánimo y deseo de enseñar, con humildad,
amando al mundo, sin confundirse con él, como también
prosigue el Papa Pablo: “Sobre el mundo: no se piense
que se le ayuda adoptando sus criterios, su estilo y sus
gustos, sino procurando conocerlo, amándolo y
sirviéndolo” (n.6)[4].
Creo que podríamos perfectamente poner estas palabras,
hoy, en labios de nuestro hermano Mons. Alfredo Mario,
él, que se ocupó de promover e impulsar las misiones
populares (tales como la de Campana y la de Zárate, en
1979; y la del partido de Pilar, en 1982), él, que
promovió la creación de escuelas católicas para la niñez
y juventud, que fundó el Seminario “San Pedro y San
Pablo” (¡qué contento estaría de haber visto su
re-fundación, el pasado año!) y que promovió en todos
los sentidos el rol del laicado, en sus instituciones,
asociaciones, movimientos.
No pueden faltar hoy unas sentidas palabras de
agradecimiento franco a
la Sra. Laura
Squarici, su enfermera, o más bien, «su ángel tutelar»,
quien lo ha cuidado desde el 2 de noviembre de 1993,
hasta el día de ayer, en que entregó su alma al Señor.
Es el 7mo. Obispo del cual
la Sra.
Laura
ha cuidado, en todos los casos hasta el momento de la
muerte.
Es también la ocasión de agradecer a
la Fundación
«Pérez Companc», la cual, desde el hoy distante 1992,
hasta el presente, le ha brindado toda la atención que
necesitaba y se hizo cargo del cuidado de su enfermedad,
en
la Clínica
“San Camilo”. Vaya un agradecimiento sentido a las Hijas
de San Camilo, las hermanas, que lo han cuidado con
tanto afecto y devoción, y al personal médico y
sanitario de ese lugar.
Quien habla ya había tenido ocasión de tratar con él
desde abril de 2003, cuando recién estaba electo Obispo
titular de Uzalis y auxiliar de Mercedes-Luján, en la
primera Asamblea episcopal de la que participé. Fueron
numerosas las ocasiones de departir, siempre amable,
siempre sacerdotal, humilde y digno. Como Obispo de esta
diócesis, pasé la celebración del cumpleaños en San
Camilo (cumplimos años el mismo día) en 2006; Mons.
Alfredo Esposito estaba radiante, contento, habían
concurrido también algunas familias, principalmente de
la ciudad de Campana, que lo han visitado y atendido
hasta el día de ayer, con esmero, agradecimiento y
devoción. Gracias también a ellos, no puedo nombrar a
todos y cada uno, pero saben bien a quiénes me refiero.
En las distintas ocasiones en que tuve la dicha de
verlo, la última vez que pudo dirigirme la palabra, con
gran dificultad, asintió a mi solicitud de ofrecer todos
sus sufrimientos, que lo hacía con gran espíritu de fe,
por
la Iglesia
diocesana, por los sacerdotes, religiosos, religiosas,
por las vocaciones, las familias, y todo el Pueblo de
Dios, en especial por aquéllos más alejados, los
pecadores, quienes ya no tenían razones de creer ni de
esperar, los que más sufren, los más pobres y los
abatidos.
Mons. Esposito no ha dejado bienes materiales, que no
poseía. El Obispado ha tomado a su cargo todo el
servicio fúnebre de este hermano nuestro, y ha sido
providente el contar con el área tumbal, en el templo
criptal de «Santa Forentina y los Santos Padres de la
Iglesia hispana», que hemos restaurado recientemente y
donde reposará este hermano nuestro en la espera de
la Resurrección
gloriosa. Como símbolos, este hermano Obispo había
entregado ya su anillo episcopal a su hermana Rita,
quien vive en las Islas Canarias, y con quien hoy por la
mañana hemos mantenido una conversación telefónica, y
legó también para ella su cruz pectoral. Como dije, no
dejó otros bienes. La mitra de la ceremonia de su
ordenación, que le fue puesta hoy en su último adiós, y
su sencillo báculo de madera simple, que ahora está
sobre su féretro, permanecerán en la ciudad de Campana
como perenne recuerdo de quien fue el primer Obispo
diocesano, con sencillez, y a la vez con toda la carga
del simbolismo que merecen.
Gracias, por todo tu testimonio, querido Monseñor
Alfredo Mario Espósito. Más bien, no te decimos
definitivamente «adiós», te decimos «hasta pronto»,
«hasta el Cielo».
«Hasta el Cielo», fiel y santo Pastor de la Iglesia.
Amén.
ESPOSITO CASTO, Alfredo Mario, S.E., Homilía de
Mons. Alfredo Mario Esposito, CMF, tenida en el día
de su ordenación episcopal y en el nacimiento de
la Diócesis
de Zárate-Campana, el 4/7/76, en la iglesia catedral
de Campana, Provincia de Buenos Aires, Argentina
(inédita, obrante en el archivo del Obispado de
Zárate-Campana).
PABLO VI, “El Testamento de Pablo VI”, en:
http://64.233.163.132/search?q=cache:mloN3TzjZIwJ:www.vatican.va/holy_father/paul_vi/speeches/1978/august/document/hf_p-vi_spe_19780810_testamento-paolo-vi_sp.html+testamento+espiritual+Pablo+VI&cd=3&hl=es&ct=clnk&gl=ar
PABLO VI, “El Testamento de Pablo VI”, op.cit.
PABLO VI, “El Testamento de Pablo VI”, op.cit.
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