Pedro Opeka, el cura argentino que lucha contra la pobreza en África visitará Escobar

El sacerdote argentino Pedro Opeka, miembro de la Congregación de la Misión, quien lleva casi 50 años en Madagascar y gracias a su obra muchas personas dejaron la indigencia, visitará la Argentina la primera quincena de julio y celebrará misas en distintos templos de Buenos Aires y del interior del país, y presentará su nuevo libro “Rebelarse por amor”.

La extensa agenda de este cura, que se ha ganado el mote de “el Apóstol de la basura”, tendrá una escala en Escobar el jueves 12 para celebrar la eucaristía a las 10 hs. en la capilla Medalla Milagrosa del Colegio San Vicente de Paúl.

“El Santo de Madagascar” nació en San Martín, para vivir su historia en Akamasoa, Madagascar y multiplicar su admiración en Europa. En sus años de juventud trabajó con su padre esloveno en la industria de la construcción, leyó una y otra vez la biblia, quedó impactado con Jesús, “el amigo de los pobres”, levantó una casa en Junín de los Andes para que una familia Mapuche del Sur se resguardara del frío, hasta que leyó una carta que lo motivó. La Congregación de San Vicente de Paul, orden a la que aún pertenece, invitaba en un escrito de 1648 la llegada de los primeros misioneros a Madagascar. “Me voy para allá”, fue su reflexión.

Y se fue. Y allí está.

Hace 50 años que Madagascar es la patria adoptiva de Opeka. Radicó su lucha en uno de los países más relegados del mapa, una de las zonas más pobres del planeta. Allí donde cambió miseria por oportunidades, allí donde brindó refugio a los desamparados, prosperidad a los descalzos, esperanza a los desvalidos, platos llenos a los malnutridos. Pedro llegó a los 22 años, con ojos celestes, tez clara, pelo rubio. Su apariencia, polarizada, fue un contrapunto cultural de impacto ante un paisaje humano uniforme de tez negra. Fueron suficientes décadas de sojuzgamiento y represión para que una comunidad africana asimilara gentilmente a un integrante de una raza asociada a su horror. Su estigma por ser un hombre blanco lo resolvió su faceta más argentina: Fútbol.

Bastó una pelota, un partido para empatar las diferencias: todos corrían como él, él corría como todos, las desigualdades se zanjaban, las heridas históricas se indultaban. En su niñez, Pedro deseaba ser sacerdote y futbolista. Le dijeron que era inviable esa combinación: una cosa o la otra. Eligió, entonces, ser sacerdote, misionero y futbolero.

Al principio, asumió ser el blanco -en sus dobles sentidos- de la venganza, el resarcimiento deportivo de una vida de padecimientos. Luego se transformó en ídolo, goleador y líder. El fútbol, su costado más genético, le abrió paso en su horizonte. El rubio que era víctima de codazos y patadas se ganó la confianza de un pueblo temerario, resentido. La imagen del Padre metido en fango hasta la cintura cultivando arroz para sobrevivir convenció a los nativos.

Fuente: escobarnews.com